Núria Quintana, 92 años, al frente de su negocio de lencería desde 1962: “Esta tienda me ha empoderado. Tengo clientas que vienen aquí como si fueran a terapia”

Con 92 años, Núria Quintana (Barcelona, 1933) abre cada mañana la persiana de Llenceria Núria, en la calle Gran de Gràcia, con el horario de 10:30 a 14 y de 17 a 20.

Solo descansa los domingos. El próximo 21 de diciembre cumplirá 64 años al frente del mismo local, y ya prepara la fiesta, la misma que organiza cada año, desde hace 25.

El 24 de septiembre de 1957 y, durante el descanso del partido inaugural del Camp Nou, unas 1.500 personas bailaron una sardana multitudinaria; Núria estaba entre las danzantes. Y fue precisamente allí, bailando, donde conoció al hombre con el que se casaría, un profesor sevillano que aprendió catalán por su cuenta.

Ahora, su nieta Berta está acabando de preparar un documental sobre su vida. Mientras esperamos que salga a la luz, nos cuenta en primera persona algunas de sus vivencias.

“Soy presumida, eso lo reconozco; me gusta ir arreglada, cuidarme las manos, la cara”

-¿Cuánto tiempo lleva con la tienda Llencería Núria?

-Estoy en Gràcia desde el 1962. Entonces, esto era un pueblo aparte, no era como ahora, que ha cambiado muchísimo. El 21 de diciembre esta tienda hará 64 años que está abierta, y están todos invitados. Cada año, desde hace 25, hago un pica-pica para celebrarlo con los vecinos y los clientes. Tengo mucha ilusión de que llegue la fecha.

-¿Su tienda siempre vendió ropa interior?

-No, al principio era ropa de niño pequeño: chambritas, canastillas, chupetes, sonajeros, de todo. Hice eso dieciocho años. Poco a poco fui metiendo también corsetería, porque tenía una hermana -que en paz descanse, murió con solo 36 años, de cáncer- cuyo marido fabricaba ropa interior.

Me dijo: “Te haré un buen surtido y lo pones en el escaparate, junto a la ropa de niño”. Funcionó tan bien que la corsetería casi pagaba las facturas de la ropa infantil, que dejaba menos margen.

Núria Quintana, 92 años, al frente de su negocio de lencería desde 1962: “Esta tienda me ha empoderado. Tengo clientas que vienen aquí como si fueran a terapia”

-¿Y cuándo decidió dejar la ropa de bebé del todo?

-Le dije a mi marido: “Aquí tenemos que cambiar.” Los niños, cuando nacen, necesitan ropita hasta los cuatro o cinco años, pero a partir de los dieciocho ya no compran nada en una tienda como esta. Así que decidimos quedarnos solo con ropa íntima, de mujer y de hombre. Desde entonces así ha sido. Y como le decía, además dejaba más margen.

-¿Cómo describiría lo que ha significado este negocio en su vida?

-Ha sido mi vida, es mi vida. El trato con la gente es lo que más me ha dado. Esta tienda me ha empoderado. Tengo clientas que vienen aquí como si fueran a terapia. Algunas incluso llegan de mal humor, sin saber muy bien qué les pasa, y yo las escucho, les doy algún consejo.

Luego me dicen: “Núria, ¿sabe lo que me ha dado mientras hablábamos? Un chute de buen humor”. Así que, además de ropa íntima, soy un poco psicóloga. Y le confieso que siempre me ha encantado la psicología.

-Tiene una piel espectacular. ¿Es cuestión de genética o tiene algún secreto?

-¡Esa piel se la robé a mi madre! Es más herencia que rutina. La verdad es que no hago nada especial. Soy presumida, eso lo reconozco; me gusta ir arreglada, cuidarme las manos, la cara. ¿Has visto la raya de mis ojos? Siempre me la pinto. Estoy de cara al público cada día y a mí me gusta estar bien. Pero, sobre todo, me cuido para gustarme a mí misma.

-¿Cree que conservar esa ilusión por verse bien ayuda también a mantener las ganas de vivir?

-Puede ser. Tal vez las mujeres que somos un poco presumidas nos aferramos más a la vida, o la disfrutamos más, porque la vemos bonita. Yo disfruto de mí misma, porque me veo bien, aunque tenga 92 años. Me siento muy bien.

“Ser hija de un republicano me marcó mucho”

-Ha mencionado a su madre. ¿Cómo era la familia en la que creció?

-Éramos cinco hermanas. Ya solo quedamos dos: yo, que soy la segunda, y una hermana menor, que ahora tiene 80 años. La pequeña murió con solo cuatro; otra, de cáncer, a los 36; y la mayor falleció este mismo febrero. Vivíamos en la plaza de la Llana, junto a la Via Laietana.

Mi padre era de Esquerra Republicana y tenía una gran vocación por ayudar a las personas más desfavorecidas. A las familias de cinco miembros o más les daba vales para que pudieran recoger una barra de pan, aunque fuera pequeña. Los panaderos eran falangistas y, después de la Guerra Civil, lo denunciaron.

Ser hija de un republicano me marcó mucho. Durante el franquismo, estas cosas pasaban factura. Yo quería estudiar para bibliotecaria y siempre había sido muy buena estudiante, pero no me dejaron. Estoy segura de que fue por eso.

-Y después formó su propia familia…

-Me casé con un sevillano y tuvimos tres hijas, que me han dado siete nietos. Mi marido era de El Saucejo, un pueblo cercano a Osuna, a unos treinta kilómetros de Sevilla. Se había titulado como profesor mercantil y vino a Barcelona para estudiar y trabajar. Aprendió catalán por voluntad propia y acabó hablándolo perfectamente, además de inglés y francés.

Con nuestros nietos siempre hablaba en catalán. Viajábamos mucho a Andalucía para visitar a su familia. Conocí el Patio de los Leones, la Mezquita de Córdoba, Málaga… Es una tierra preciosa, pero, cuando vuelvo a Barcelona, siempre pienso que es la ciudad más bonita que existe. A Cataluña la llevo en el corazón; es mi tierra. Mi marido murió hace 24 años, con solo 68.

-De casualidad. Él era del Barça y un día fue al Camp Nou, donde yo participaba en una actuación de danzas catalanas. Me vio bailar y así empezó todo. Nuestra unión era poco habitual entonces ya que después de la guerra llegaron muchos andaluces a Cataluña y era más frecuente que una andaluza se casara con un catalán, no al revés.

A mí me pasó lo raro: siendo tan catalana como soy, me casé con un sevillano.

“Soy culé desde niña”

-¿De dónde le viene su vinculación con el Barça?

-De muy joven bailaba danzas catalanas en un esbart vinculado al club. En aquella época, el Barça no era solo fútbol, también tenía centros culturales donde se enseñaban idiomas y se organizaban actividades como el excursionismo y la danza. En 1957 llegué a bailar en la inauguración del Camp Nou. Interpretamos la danza de la garlanda.

-¿Cuándo nació su afición por el Barça?

-Soy culé desde niña. Empecé a ir a ver al Barça cuando tenía tres años. También llevo muchísimos años como socia, aunque perdí la antigüedad. Mi marido decidió que había que priorizar a nuestras hijas antes que el fútbol.

Tenía razón, pero, al dejar de pagar la cuota, perdí el número de socia que arrastraba desde pequeña y, con él, la posibilidad de recibir los carnets de plata, de oro y el reconocimiento por los 75 años de antigüedad.

-A todos los partidos. Cada vez que el Barça juega en casa, el club envía un transporte adaptado para recogerme. Y, al terminar, me traen de vuelta a casa. Normalmente, voy con alguno de mis nietos, aunque no me importa ir sola. No me pierdo ni uno.

“Yo era pequeña durante la posguerra, pero aquello no se olvida”

-Además del Barça, hay otro lugar al que ha permanecido siempre muy unida: este barrio, Gràcia. ¿Cómo lo ha visto cambiar?

-Muchísimo. Este barrio siempre ha tenido una personalidad muy marcada; nos sentimos muy independientes, distintos de otras zonas de Barcelona. Pero poco a poco han ido desapareciendo muchas tiendas de toda la vida.

Por ejemplo, la pastelería Ideal, aquí enfrente, llevaba abierta desde 1919 y justo acaban de cerrar. No sé exactamente qué ocurrió; quizá se jubilaron los propietarios y nadie quiso continuar.

Núria Quintana ha sido testigo del los cambios en el barrio. Foto: Cedida/La Vanguardia

-¿Por qué resulta tan difícil mantener abierto un comercio de barrio?

-Sobre todo, por los alquileres, que se han puesto por las nubes. La gente abre un negocio, se gasta el oro y el moro en reformar el local y después no puede asumir la renta. Al final, tiene que cerrar. Yo, por suerte, tengo la tienda en propiedad y vivo en la parte de atrás. Empezamos a comprar esta casa poco a poco en 1981, y gracias a eso he podido seguir aquí.

-¿También le preocupa cómo está cambiando la sociedad?

Mucho, sobre todo políticamente. Le diré una cosa, aunque no me gusta hablar demasiado de política: quienes vivimos los años de la Segunda Guerra Mundial y conocemos las barbaridades que cometió Hitler sabemos reconocer ciertos peligros cuando encendemos el televisor o escuchamos las noticias. Yo era pequeña durante la posguerra, pero aquello no se olvida.

-¿Cómo se ha cuidado la alimentación para conservar esta vitalidad y este aspecto tan jovial?

-En casa siempre hemos comido muy bien, comida natural y casera. Mi madre y mi abuela vivían juntas, dos generaciones en una misma cocina, cada una con su estilo. Yo aprendí observándolas, aunque de pequeña casi no entraba en la cocina. Cuando me casé, descubrí que me gustaba cocinar.

-¿También ha hecho deporte durante toda su vida?

-Sí. Jugué al baloncesto y practiqué natación durante muchos años. Si hubiera sido chico, habría sido futbolista seguro, pero en mi época las niñas no jugaban al fútbol. Menos mal que hoy en día esto ha cambiado. ¡Qué suerte tienen ahora!

-¿Y cómo ha sido su salud en general a lo largo de su vida?

-Muy buena, en general. En los últimos años me han operado dos veces; no fue nada demasiado grave, aunque en una ocasión llegué a estar bastante mal. Sobreviví y aquí sigo. La mente la tengo clara, eso se lo puedo asegurar.

Yo creo que mi secreto es que procuro no dar demasiada importancia a las cosas que realmente no la tienen. La vida está hecha de pequeños momentos cotidianos que hay que aprender a disfrutar; la verdad es que siempre he sabido disfrutar de esas pequeñas cosas y por eso creo que he sido feliz.

-Después de todo lo vivido, ¿cómo se siente hoy?

-Como si pudiera tener perfectamente 60 años. Me siento activa y con ilusiones, aunque sean pequeñas. Ahora mismo, la más cercana es el 21 de diciembre, cuando cumpliré 64 años al frente de la tienda.

Y también me hace mucha ilusión el documental que está preparando mi nieta Berta, que se dedica al audiovisual. Me está haciendo un video precioso que no os podéis perder.

Evelyn López, La Vanguardia.

Fuente: www.clarin.com

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